jueves, 13 de junio de 2013

EL VALOR DE LOS CLÁSICOS

                                             EL VALOR DE LOS CLÁSICOS
                                          
           
      De la misma forma que los mayores elegimos para nuestros niños los alimentos que consideramos más apropiados para su salud y su crecimiento, pretendiendo crearles hábitos saludables de alimentación que perduren a lo largo de  su vida,  los libros que dejamos en sus manos también deberían ser el resultado de una selección hecha por un adulto responsable. Siguiendo con la comparación con la comida, igual que las verduras y las frutas no gustan tanto como los dulces y las golosinas, pero sientan mejor, hay lecturas que no son de fácil consumo porque exigen mayor esfuerzo y concentración; pero sientan mejor a nuestra mente, a nuestro espíritu, a la formación de nuestro carácter. 
   Aunque comparto que el libro no se puede imponer (“el verbo leer no admite el imperativo” dice Pennac en su libro Como una novela), sí debemos dar a los niños la oportunidad de escoger: ofrecerles una buena selección de lo muchísimo que existe, y darles las herramientas necesarias para aproximarse a la literatura de calidad, para poder distinguirla y disfrutarla.
   ¿Pero cuál es la buena literatura para nuestros niños? ¿Cómo seleccionar lo mejor entre todo lo que se produce?
   En nuestras selecciones no podemos olvidar el valor de los clásicos. La obra clásica no está sujeta a la moda o a las necesidades de mercado, supera las barreras del tiempo, admite relecturas, y en cada una de ellas descubrimos algo nuevo, nos plantea interrogantes, nos muestra que la vida no es simple, que hay risa y melancolía, verdad y trampa, utopía y pragmatismo, nos enseña qué es un amor de ensueño, la dignidad del deber, el héroe que fracasa loco o cuerdo… En fin, nos muestra en cada párrafo la riqueza, la belleza del lenguaje, 
     A pesar de las dificultades iniciales para entender algunas palabras de las obras, para comprender su ideología, su estructura o los contextos en que surgen, siempre valdrá la pena sumergirse de lleno en su mundo, y hacerlo a cualquier edad en que seamos lectores competentes. Es posible que aquí esté el problema que afecta a jóvenes y no tan jóvenes, que la competencia lectora plena no se alcanza en muchos casos ni siquiera con la edad adulta.
  Si nosotros, que somos sus referentes, leemos esos libros, si están en nuestras bibliotecas, si compartimos con los niños fragmentos que consideremos adecuados, si les ofrecemos buenas adaptaciones que respeten su esencia,  si nos escuchan hablar de sus cualidades y no nos oyen asociarlos a términos peyorativos como “tostón” “aburrido” “antiguo”... llegará el día en que decidan tomar de la biblioteca alguna de esas obras prestigiosas, y ese día será para ellos inolvidable. 

3 comentarios:

  1. Estoy totalmente de acuerdo: los clásicos no deben desaparecer de la formación lectora de los niños y los jóvenes. Además, si son ya clásicos es porque funcionan, gustan y no son aburridos. Lo explicas muy bien en el artículo.

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  2. Muy bueno el artículo. Me gusta porque estoy de acuerdo pero sobretodo porque propone y no impone. Soy lectora, muy lectora, y lo soy tanto más cuanto menos se reconoce el valor de la lectura, cuanto menos se incentiva, cuanto más se habla de la telebasura o del telediario que últimamente viene a ser casi lo mismo. Y lo soy porque disfruto escondiéndome en otros mundos, en otras realidades, en otros tiempos. Sí tengo el sentimiento de culpa de no haber afrontado algunos clásicos, aún sabiendo que los hubiera devorado con gusto, no por su dificultad sino por el rechazo que me produce el recuerdo de la imposición (en el instituto) mezclado con el empacho de sus adaptaciones en dibujos, películas, comics, etc. ¿a quién le apetece leer un libro cuyos detalles te han contado mil veces y además te han obligado a memorizar? La lectura debe ser voluntaria, elegida y es indispensable el misterio, porque cada cual la matiza de distinta forma. Aún así, o quizá por eso, estoy de acuerdo. Los clásicos lo son por valía propia. Prometo retomarlos, pero ahora con gusto. Enhorabuena Montse.

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